
acuñado por el azar de siglos de inventiva criolla
Eres mestizaje perfecto
entre el imperialismo yanqui
y la sabiduría milenaria de los Andes
Acompañas los jolgorios populares
recordándonos a martillazos
lo letal que son los excesos.

Marisol Garcia (http://www.elmostrador.cl/)
«En su texto, Benedicto da la impresión de que se ha enterado hace poco de los abusos y se presenta como una víctima más: “No tengo más remedio que compartir la desolación y la sensación de traición que habéis experimentado tantos de vosotros al saber de estos actos pecaminosos y criminales y de cómo se ocuparon de ellos las autoridades eclesiásticas en Irlanda”. Sin embargo, la carta de infausta memoria que envió Benedicto en 2001 a los obispos de todo el mundo les ordenaba guardar secreto sobre las acusaciones de abusos sexuales so pena de excomunión, es decir, actualizaba una perniciosa política de la Iglesia, expresada en un documento de 1962, que establecía que tanto los sacerdotes acusados de delitos sexuales como sus víctimas debían “observar el más estricto secreto” y “atenerse a un silencio eterno”.
Yo sabía que mi acción iba a causar problemas, pero quería provocar un debate necesario; ese es uno de los ingredientes de ser artista. Lo único que lamenté fue que la gente pensara que no creía en Dios. No es verdad, en absoluto. Soy católica de nacimiento y cultura, y sería la primera en presentarme a la puerta de la iglesia si el Vaticano ofreciera una reconciliación sincera.

Resulta redundante hablar de la catástrofe que ha conmocionado nuestro territorio. Las imágenes, testimonios, fotografías son elocuentes y sólo admiten expresiones de asombro y espanto. Es la condición y ubicación geográfica de este Chile que cuelga del continente y del planeta y que intenta ser una nación o un pueblo a pesar de nosotros sus habitantes y de sus supuestos defensores.
El Chile de una geografía loca, que se empina desértica y finaliza deshilachándose en un puñado de islas, vino a mostrarnos la precariedad de nuestros esfuerzos y la magnificencia de una naturaleza que en sus acomodos evolutivos se sacude de sus habitantes como si fuera un perro plagado de pulgas. La natura hace su parte y nosotros, en el transcurso de la catástrofe, procuramos evitar ser aplastados por alguna construcción vieja o una nueva pero construida con poco esmero y conciencia ética.
Luego del remezón y posterior tsunami la desolación es evidente. Se han hecho
esfuerzos por restablecer las comunicaciones, acudir en ayuda de los más afectados, recuperar los cuerpos de los compatriotas que yacen en los bordes marinos, en los ríos o bajo los escombros de un edificio. Los medios de comunicación informan, prestando una gran ayuda social, pero al mismo tiempo compiten por el “rating” con las imágenes más crudas y los testimonios desgarradores de las víctimas.
La cara más oscura y fantasmagórica es aportada por las turbas de saqueadores –reales e imaginarios- que han decidido cobrar la oportunidad que les ha regalado de naturaleza para salir a sembrar el pánico entre la población desvalida. No hablo solamente de los saqueadores que están compuestos por seres humanos marginales que han debido morder históricamente sus miserias en la periferia de nuestras ciudades. Hablo tambien de aquellos saqueadores de cuello y corbata que empecinados en recolectar algunos pesos de más han optado por vender la ilusión de la casa propia o el tan anhelado departamento a un precio que a la postre a sido cobrado con vidas humanas inocentes. Ellos son mercaderes de sus propias almas!!!
Los especuladores de la bolsa aun no han dicho su ultima palabra pero se menifestarán. Es triste constatar que en sectores populares los pequeños comerciantes han querido sacar su tajada del desastre llegando a cobrar hasta $ 2000 por un kilo de pan.
Las dramáticas instancias a las que nos hemos visto enfrentados en estos días pueden inundarnos de decepción por el egoísmo y la ambición (que espero sea de unos pocos) de quienes a corto y largo plazo han prentendido sacar provecho de los anhelos humanos y de la desgracia ajena ( que a estas alturas es de todos).
-Usted no sabe lo que sabe- le dijo el profesor de la comisión. Ella, sin entender
mucho lo que significaban esas palabras, estaba aterrorizada tratando de juntar las letras y de librarse de las lecciones aprendidas de memoria en el viejo Silabario Hispanoamericano. -Es que las letras son diferentes- le reclamó al profesor, mientras éste la miraba impaciente esperando que comenzara a leer.
De pie, frente al curso, Elena estaba rindiendo su examen ante la comisión para pasar a tercer año básico y no había leído nunca otro libro que no fuera el silabario, sus lecciones e historias. Sus compañeros la miraban atentos, algunos también aterrados porque esa situación debía ser enfrentada por todos y cada uno de los alumnos. Otros, los menos, sonreían porque se sentían seguros que pasarían la prueba y entrarían al tercer año. Entre los que sonreían estaba el hermano de Elena, Roberto, el siempre fue más despierto que Elena -al menos eso decían siempre los papás-, aunque ella era tres minutos mayor que él.
Elena se tomó su tiempo, miró a su hermano que continuaba observándola sonriente, comenzó a identificar las letras y a juntarlas, al mismo tiempo que iba leyendo como por "arte de magia". El cuento se llamaba "el ratón agudo" y Elena lo fue pronunciando claramente, respetando comas, puntos seguido y aparte. Al finalizar el profesor la felicitó jalándole cariñosamente una de sus trenzas.
Cada uno de los niños fue levantándose y leyendo el cuento que el profesor les indicaba, algunos leían entrecortadamente, otros lo hacían con rapidez pero sin respetar las puntuaciones, algunos, más nerviosos, tartamudeaban y las palabras demoraban en salir enteras. Así fueron siendo evaluados cada uno de los niños.
Le tocaba el turno al hermano el Elena. El, se puso de pie y el profesor le indicó el cuento que debía leer. Antes de comenzar, Roberto miró a sus compañeros de curso entre los que estaba su hermana, que con cara de relajo lo observaba con curiosidad. Este se quedó mirándola fijamente, desconcentrado, sin poder hilar una sola palabra, temblando, mientras el tiempo transcurría insoportable. Definitivamente el temor no le dejo leer una sola palabra. El profesor se le acercó intentando explicarle y ayudarlo en el desafío, pero el niño no pudo leer.
Roberto se sentó desconsolado y mirando nuevamente a su hermana se echó a llorar sobre su banco, mientras todos lo contemplaban en silencio sin saber que decir. Así, pasaron algunos minutos.